HERMIGUA: EL VALLE ENCANTADO DE LA GOMERA

Paso el túnel de la Cumbre camino del Valle. En San Sebastián de la Gomera, aquí conocida como La Villa, el sol lucía en todo su esplendor. Ahora, 5 kilómetros más adelante, las brumas del alisio se apoltronan en las cumbres y comienzan a teñir Hermigua con ese color tan peculiar. Es como si quisieran tapar la visión al viajero primerizo de Hermigua, con promesas de otros amaneceres y otras luces.
Comienzo
el descenso desde Las Carboneras por una sinuosa carretera que abandono a las primeras de
cambio, es decir, en la pronunciada Curva de Parejo. De pronto, en un giro, dos altos
monolitos formados por la erosión me salen al paso, son los Roques de San Pedro que
presiden el llamado Valle Alto, mientras unos escaladores se afanan por coronar su cresta.
Allá arriba –yo lo sé--, estos jóvenes que ahora cuelgan en un equilibrio
imposible se encontrarán vestigios que los gomeros prehispánicos dejaron para que hoy
elucubremos sobre su finalidad.
Son círculos de piedra cuya razón de ser no está clara, aunque todo apunta a algún
desconocido ritual mágico.
Un poco más adelante y tras derramar la vista por todo el Valle, desde El
Cerrillal hasta la Playa de Santa Catalina o el Alto del Loncillo, coronado de verde
oscuro por la laurisilva, me acerco a Los Telares, donde Maruca Gámez ha hecho de la
restauración y el cuidado de las tradiciones, el leiv motiv de un próspero negocio de
artesanía de obligada visita. Es la zona conocida como El Convento.
A mi derecha están las plataneras que divisé desde Las Carboneras, justo después del
túnel de la Cumbre y que se extienden por el fondo del barranco. En ambas laderas del
Valle, las huertas ganadas al risco semejan escaleras. Es la única forma de hacer
cultivable un terreno abrupto y a la vez fértil y agradecido que ha sido el motor
económico de esta tierra gomera.
Un
motor económico engrasado con el sudor del jornalero que aún hoy tiene que hacer
trayectos interminables para depositar la piña de plátanos en el camión que la llevará
al empaquetado. Antiguamente el camión, casi el mismo que hace 30 años, bajaba por La
Castellana y Santa Catalina y se dirigía al pescante que está cerca de Punta Gabiña
donde un pequeño vapor capeaba las olas del Atlántico a la espera de su carga de fruta.
Ya más adelante en el tiempo, se empezó a construir otro pescante cuya obra quedó
inacabada –aún se puede ver—porque entró en funcionamiento el muelle de San
Sebastián.
Para conocer Hermigua es conveniente adentrarse en su pequeñas calles, conversar con sus
gentes de la vida, y adivinar el profundo amor de los gomeros por su pequeña tierra, la
más antigua de Canarias y donde los volcanes y malpaíses han desaparecido para formar
profundos e inaccesibles barrancos.
Es aquí donde el silbo gomero –nacido en el paraje de la Cruz de Tierno y el Roque
Blanco—cobra todo su significado, pudiendo hablar mediante este curioso sistema, de
un barranco a otro y aún con toda la isla, haciendo correr los mensajes entre los riscos.
Hermigua, el valle encantado de La Gomera, es todo un mundo para quien busca el encanto de
lo pequeño, de lo místico de sus roques y la afabilidad de sus gentes.